La ignorancia como motor
Este episodio lo grabé sin guion, cenando, intentando que sonara como una plática de sobremesa. Fue la primera vez que lo hice así y no salió del todo bien: son ideas al azar, algunas a medio armar. Pero de los cuarenta y seis minutos salieron más cosas que de cualquier episodio que sí llevaba libreto, así que aquí está lo que quedó.
De dónde salió
Me acabo de mudar. Estoy viviendo en República Checa, no conozco el idioma, estoy en un trabajo nuevo, no conozco muchas de las tecnologías que se usan ahí. No conozco muchas cosas.
Y lo que siento es una mezcla entre frustración y otra cosa que no sé cómo describir. Esa cosa que te da cuando quieres saber. Cuando ya sabías que eso estaba ahí —sabías que el idioma existe, habías escuchado de esos programas, de esas librerías— pero nunca habías tenido la necesidad, o la oportunidad, de usarlos. De estar en ese ambiente. De ver cómo se comporta la gente, cuáles son las diferencias.
Eso te hace darte cuenta de todo lo que no sabes.
Saber sobre algo no es haberlo vivido
Hay un experimento mental en filosofía que estaba recordando —no me acuerdo ni de qué filósofo— que se llama el cuarto gris, y que dice justo esto: puedes tener toda la información del mundo sobre el color y aun así no saber qué es el amarillo. Ahí está completo, porque me parece la mejor forma de decir por qué la información no sustituye a la experiencia.
La sensación, que es adictiva
Hay cierta frustración, sí. Pero también es una sensación que me gusta mucho, y cuando no la tengo siento que hace falta algo. Que tengo que buscar, o meterme en otra situación desconocida, para poder tenerla de nuevo.
Estos días han sido muy cansados. Ha sido estar aprendiendo todo el tiempo. Pero al final del día te queda esa sensación de que hoy tienes una perspectiva un poco distinta. De que hoy sabes una cosa que ayer no sabías, o que hace una hora no sabías.
Y pueden ser cosas mínimas: una sola palabra de un idioma nuevo. Un comando nuevo de JavaScript. O una estación de camión que descubriste porque te equivocaste y no te bajaste a tiempo.
También está el misterio de estar en una sala llena de gente hablando otro idioma sin entender nada. Tal vez dos o tres palabras —hola, Dios, gracias— y se acabó. Ves las caras, ves las intenciones, sabes que algo es una broma o que algo es serio por el contexto. Pero no sabes el contenido.
En el trabajo, la parte incómoda
Yo nunca había usado Ajax, que es algo bastante común en desarrollo web. Hay miles de tutoriales. Se aprende en un día si ya sabes JavaScript —y yo tampoco sé mucho de JavaScript, ni de front end.
Y hay algo peor que no saber: a veces no conozco la traducción del término, o no sé cómo expresarlo exactamente. Entiendo más o menos el proceso pero se me escapan los detalles, y entonces ni siquiera puedo formular la pregunta completa. Encima, el inglés no es ni mi idioma principal ni el de mi supervisor, así que hay momentos bastante incómodos.
De ahí sale lo que más me costó aceptar y lo que más me ha servido.
Y el síndrome del impostor
Se habla mucho de esto ahora que tanta gente está publicando sus ideas en YouTube y en podcasts. Y yo caigo completo: yo no soy un experto, lo he dicho varias veces sólo en este episodio, hay muchísimas cosas que ignoro. Entonces, ¿quién soy yo para estar poniendo mis ideas aquí y pretender que vale la pena que alguien me escuche?
Es más difícil todavía porque el acto mismo consiste en decir públicamente mira lo que no sé. Y a veces, mientras lo estás haciendo, te llega la duda de si vale la pena.
Yo creo que sí. Pero la duda llega a media grabación, y llega siempre.
Lo que echo de menos
Lo que más extraño de la universidad es que hubiera un tema interesante, difícil, y personas con quien discutirlo. Gente a la que también le gustara hablar de esas cosas.
En Kichihua, Eduardo es con quien más he hablado de ideas y no de tareas. Ahí surgen esas pláticas —sobre educación en ese caso, sobre ciencia en el de la universidad— y son las conversaciones que más me gustan.
Me gustaría que este podcast fuera ese lugar. Lo que no sé es cómo hacerlo, porque no es natural: esas pláticas surgen solas, en un lugar, sobre un tema que ya está ahí. Agendar una cita para ponerse a hablar así se siente raro.
Lo mundano
Y el cierre, que es lo que más me quedó dando vueltas: no creamos que porque vemos una bolsa de plástico sabemos algo sobre ella. Ni sobre una planta. Ahí está esa idea, que es la más simple del episodio y la que más me sigue incomodando.
Dicen que programar es estar 90% del tiempo buscando y 10% haciendo. Yo creo que cualquier cosa debería ser así. Si estamos construyendo herramientas como la inteligencia artificial, como los procesadores, como todo este acceso a la comunicación y a la información, entonces dediquémonos a hacernos preguntas más interesantes y a tener discusiones más profundas sobre temas que creemos mundanos y que en realidad ignoramos.
Este texto sale del episodio 015 del Podcast Algoritmos. En el episodio también hablo de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, del hombre que patentó el número pi, y de un video que explica la armonía en cinco niveles de profundidad. No todo cupo aquí.